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SADOP OSDOP Santiago del Estero - EL PUNTO Y LA COMA - Número 7

EL PUNTO Y LA COMA - Número 7

 EL PUNTO Y LA COMA  -  Número 7

 

EDITORIAL 

Intento

RECIÉN REDIMIDOS

 

 Si hay algo de lo que renegamos los santiagueños, es de los intentos que se hacen de Buenos Aires, de querer englobar la cultura local en una frase, una oración, un suplemento o el número de una revista. Como si los santiagueños cupiéramos en pocas palabras, como si la cultura aquí hubiera nacido anteayer, como si fuéramos niños a los que los porteños pudieran definir con tres palabras al estilo “Santiago es musical”.

 

   En este número de la revista se nos ha ocurrido que -ya que estaríamos en la feria del libro de Buenos Aires- bien podríamos traer un botón de muestra de lo que se hizo en Santiago, de lo que falta hacer y de lo que haremos. Pero, obviamente, un botón es un botón, no la camisa. Que se queda en Santiago, vistiendo todos los días esa idea que tenemos de lo que es o debería ser aquello que hacemos para halagar a los dioses. En ese sentido es un modestísimo intento de esclarecernos a nosotros mismos, los santiagueños, con el aporte de breves ensayos, cuentos, poesías y escritos. Y de mostrarnos a los demás desde lo que somos, sin agregarnos ni quitarnos nada.

 

   Sobre todo, porque siempre que se comienza con las enumeraciones se corren dos riesgos. El primero es el de los olvidos, porque tal vez quedará un artista que no se nombró y que se ofenderá para siempre. El segundo, es la extensión. Que por nombrar a todos quedemos convertidos en una mera lista... en la que obviamente faltarán algunos nombres. (No hay que decir lo fácil que se ofenden algunos, sobre todo por las omisiones, en las ciudades pequeñas).

 

   Los santiagueños que se dedican a alguna de las artes definidas por las musas no son solamente los que han venido a Buenos Aires a la feria del libro, así como los discos de esa música sincopada que nos caracteriza no son de los únicos que cantan chacareras y esta revista no es el único medio por el que se expresa una provincia -digámoslo de nuevo- poseedora de una cultura riquísima. Que, dicho sea de paso, es la más antigua de la Argentina.

 

 

   Como se dice en Santiago, con este número andamos en Buenos Aires *de bogas*, observando a los porteños en su hábitat, viendo qué ofrecen por estos días que pueda ser útil para llevar de vuelta en las alforjas, tratando de averiguar en qué piensan los que saben desde siempre que no solamente de televisión vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de los libros.

  

Quisiéramos este ejemplar al que usted pasa las hojas le haga ver una puntita, una miga, un pelo, una ínfima parte de toda la realidad cultural de una provincia que no termina de despertar de un añoso letargo. Que leída por un porteño le hagan dar ganas de visitar esa tierra recién redimida que los mapas señalan como Santiago del Estero. Si cayera en las manos de un santiagueño, residente en Buenos Aires, que lo ayude a pegar la vuelta, un sueño que mueve a muchos en la gran ciudad. 

  

A los lectores de siempre, el pedido es que nos sigan ayudando con sus críticas y su siempre generosa comprensión.

 

*Colados*

 

 

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Santiago

NOTICIAS

 

 

 

El paseo El Siglo debe ser una de las pocas referencias comunes de los santiagueños junto con el río, el mercado y el chipaco. Dicen que en sus amplios salones corrían las noticias en los primeros años del 1900, pero quién sabe, en una de esas no sean más que habladurías de viejas.

 

Hoy, entre esculturas y pinturas de los mejores artistas de Santiago, cualquiera le pide al mozo un cortado o come un "carlitos", para mi con poca mayonesa, por favor. Más que nada por el colesterol. ¿Ha visto?

 

 

 

 

Absalón Alomo

 

 

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Ensayo

EL TEMA DE LO URBANO Y RURAL EN LA CULTURA SANTIAGUEÑA

Alberto Tasso (*)

 

  

   Este ensayo aspira a presentar algunas ideas acerca de lo que la ruralidad y la urbanidad significan dentro de la producción intelectual y la creación anónima de Santiago del Estero. Resultado de una apreciación más o menos superficial de una serie muy amplia de productos culturales, mis ideas encarnan el punto de vista de un observador participante más que el de un actor o un crítico externo.

 

   Sirva esta postura preliminar como una manera de reconocer que la multiplicidad de materiales comprendidos en la noción de ‘productos culturales’ es lo suficientemente heterogénea, profunda y compleja como para abarcarla en una apresurada revista. Pero el asunto de este artículo no son tanto los productos culturales en sí mismos como sus temas, y el análisis de lo que esos temas proponen.

 

   No es necesario incorporar aquí los términos de las discusiones y las teorías acerca de porqué los creadores eligen un tema u otro para sus obras. Dicha discusión es ajena a este tema. Pero quisiera señalar que adhiero a la idea de que la creación artística es un producto de la vida social, fruto de un proceso espiritual complejo no desentrañado aún por completo.

 

   Hecha esta salvedad que nos permite ver al creador como un hombre situado en precisas coordenadas de historia y de paisaje, podemos entrar en materia. Y la planteamos con una afirmación: la expresión artística santiagueña, en cualquiera de sus formas, aparece delineadas en torno a una temática central, que es la de la vida rural.

 

 

                   Chica vendedora de artesanías del mercado Armonía.

 

 

   El mundo rural, en su sentido de paisaje terrestre, de entorno de la vida humana –y no en el mero sentido de “campo” como vacío, como opuesto de “ciudad” es fuente de inspiración; aparece como tema, pero también como proceso vital, como origen y destino del hombre que lo habita. Es el núcleo generador, el clan de la cultura santiagueña. Los productos de la expresión cultural –leyenda, mito, costumbre, música, danza, poema, cuento, novela- están regidas por ese núcleo, que los explica y los revela.

 

   ¿Pero qué sucede con la ciudad, como objeto y como forma de vida? Cuando ocasionalmente aparece el tema de la ciudad, lo hace bajo el tono épico e idealizado de la historia, para recrear los orígenes de Santiago del Estero

.

   Apenas uno indaga en ese punto descubre que esa ausencia es de superficie. Viendo los textos más legibles (el cuento popular, la narrativa) se advierte una alusión permanente al tema urbano, generalmente en tono nostálgico, cuando no de sentido negativo, de prevenciones y de rechazo.

 

   Existen varias perspectivas para interpretar estos hechos. La primera es de orden universal y nos remite a la imagen idílica de la vida simple y primitiva, que existen en todas las culturas. Su contracara es la visión de las ciudades como fuente de perturbación y corrupción; la ciudad, centro de poderes y también de placer, a la vez sojuzga y atrae. De allí proviene el sentimiento contradictorio del labriego y del viajero, que miran desde abajo o desde afuera a la ciudad, y a la vez la anhelan y la rechazan.

  

La segunda perspectiva es local, y se refiere a las conflictivas relaciones del interior con Buenos Aires, y aún antes, de Santiago con las otras ciudades de la región. La competencia en este último caso, y el dominio y la dependencia en el primero, justifican una aversión hacia el fenómeno de lo ciudadano. La urbanidad, por otra parte, es la que produce el extrañamiento del santiagueño con su tierra.

 

   A partir de esta manifiesta exaltación de la pureza del terruño, es posible ver que la ausencia de referencias a lo urbano, es, elípticamente, una tentativa de anularlo. Así como la palabra es para el artista el medio de creación simbólica del mundo, el silencio comporta una también simbólica aniquilación.

 

   La cultura santiagueña –y soy consciente de que al describirla en estos términos también describo otras realidades provinciales, en Argentina y otros países- remarca insistentemente la valoración positiva del “pago” (acaso el lugar donde uno recibe una retribución?) y del “retorno al pago”. La música popular da testimonio permanente de este interés. La narrativa reitera una y otra vez las figuras de la vida animal y vegetal, en torno a un epicentro que es el bosque.

 

   La ensayística y la ciencia se orientan hacia la presencia y revitalización del idioma original -el quichua- hacia la interpretación del mito y la leyenda, hacia la descripción del yacimiento “folk”, y hacia la investigación del ancestro etnológico.

 

Nuestra afirmación inicial se convierte ahora en una pregunta: ¿cuál es el sentido de esta recurrencia y reiteración, que no es de ningún modo casual, y qué dilemas le plantea a la cultura santiagueña?

 

   No usamos arbitrariamente la palabra dilema, en su sentido de alternativas y de partición de caminos, pues la cultura está siempre sujeta y expuesta a operaciones de elección, y particularmente en los momentos de cambio, en que una sociedad busca una nueva ubicación en un contexto. Y leo en los hechos sociales de estas últimas dos décadas las reaparición cíclica de una idea redentora en las comunidades provinciales postergadas del noroeste y del noreste, que es la idea de la reasunción de un destino grande que le ha sido escamoteado.

 

   Veo dos consecuencias de esta manifiesta uniformidad temática, una positiva que actúa como una función demandada por la colectividad, y otra negativa que actúa como una disfunción y que va a dificultar las posibilidades de inserción de esa misma colectividad en las circunstancias del tiempo por venir.

 

   La primera es una función de auto-identificación. La cultura provee a los santiagueños de una identidad, de la que estos obtienen seguridad y cohesión social. Una resultante de esta función es la actitud de preservación de valore y costumbres. La cultura actúa como una vestal que custodia un yacimiento, un repositorio de bienes espirituales que son muy valiosos, no sólo para los

santiagueños, sino para toda la comunidad nacional.

 

   La segunda consecuencia está conformada por los riesgos, excesivos y deformaciones de la anterior, que coexisten con ella, y que pueden acabar por superar a sus aspectos positivos. Pues una cultura que se interna en su propio pasado está resignando su rol de dar sentido al presente y lo reemplaza entregando versiones cristalizadas de formas de vida que han perdido vigencia. Vuelve a su forma para defender, para seguir siendo lo que fue.

 

   Desde este punto de vista, aún la identificación provista por esta cultura ruralizante o del si-mismo-antes, es equívoca y requiere y corre el riesgo de convertirse en tarjeta postal, en fotografía de álbum que con su tinta amarronado nos recuerda lo que ya pasó.

 

   Y la realidad de Santiago del Estero es que estas formas sociales y espirituales que constituyen el contenido del universo rural, están pasando, se están convirtiendo en lo que los antropólogos llaman “folkways”, eso es, modos de la sociedad anterior que sobreviven en la sociedad del presente.

 

   Es cierto que una de las funciones esenciales de la cultura es crear y mantener los lazos entre el pasado y el presente. Esta es una función instintiva de la cultura, regulada por el sistema del gran simpático, por así decirlo. Pero los creadores son en buena medida los elementos conscientes de la cultura, que deben advertirle a la sociedad cuáles son las líneas actuales y verdaderas de su rostro, y aventurar el que tendrá mañana, con la misma seriedad y rigor con que le recordarán lo que fue ayer.

 

   Aquí es donde percibo una fractura, una línea de quiebre que puede –o no- convertirse en una brecha. El único objeto de este breve ensayo, su fin último, es señalar la existencia de este hiato y procurar establecerlo como problema.

 

   En menos de 40 años Santiago del Estero ha sufrido cambios sociales y demográficos de consideración  y todo indica que ese proceso no se interrumpirá durante las próximas décadas. Urbanización más rápida, crecimiento de la producción de las áreas rurales, ingresos de productos de estilo capitalista, comunicaciones masivas, entre otros muchos factores, dan a este proceso una meta previsible, y es el reacomodamiento de las fuerzas sociales y cambios correlativos en la esfera de la cultura. La supervivencia de la pobreza y la injusticia no es un síntoma de que nada cambia, como suele pensarse, sino de que los cambios no implican necesariamente superación social.

 

   El resultado de este proceso es una súbita ampliación del espectro de la realidad social, desplegada entre los polos del tradicionalismo y la modernidad, que constituyen el equivalente cultural de las realidades rural y urbana.

 

   El problema que planteo constituye, entonces, una página abierta a la reubicación de los creadores en un contexto en transición. La transición requiere ideas, imágenes, perfiles, palabras, valores, no menos que la estabilidad. En una palabra, requiere avanzar hacia una síntesis cultural que tome en cuenta todas las realidades en juego y no sólo una parte.

 

   Desde que el creador puede ser testigo y visionario, además de memoria, y desde que cada sociedad espera que lo sea, ese problema es pertinente e importante. Y constituye, aún en los plazos no siempre breves pero tampoco muy extendidos del cambio social, una urgencia espiritual para un pueblo que necesita en el plano de la cultura de un espejo y hasta de un sueño profético, y no sólo de la leyenda y el mito originante.

 

 

 

(*) Especial para

El punto y la coma.

 

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El sistema político

 

No obstante la desgraciada fama que este pueblo había adquirido por la pasta aguantadora de su carácter pasivo, que le permitía soportar dominaciones de más de medio siglo, siendo como en realidad era Santiago, un punto negro en el cuadro general de la República, no obstante eso, decimos, esta provincia no ha carecido nunca de los elementos necesarios que salvarán su honor ante las demás hermanas. (...) Las revoluciones fracasaron siempre, porque quizá faltaron elementos militares bastante aptos que las dirigieran y porque ya se sabe lo difícil que es sacar de raíz un árbol secular que tantas raíces había echado en 55 años de existencia, o sea de gobierno sin control. (...) Por otra parte, una dominación tan larga y cruenta, que necesariamente debió cometer cuando menos grandes faltas y grandes errores; una oligarquía que tuvo que contrariar tantas aspiraciones, que herir tantos legítimo intereses, y que despertar por lo mismo odios y venganzas; un nepotismo que habíase creado mil resistencias, que periódicamente hacían explosión en revoluciones fracasadas, que eran como gases compromisos buscando siempre escape; es explicable, sin duda, que al caer suscitara esas agitaciones violentas de parte de un pueblo tantos años oprimidos.

 

Olaechea y Alcorta, Baltasar

Crónica y geografía de Santiago del Estero, 1907.

Págs. 345, 367-369.

Baltasar Olaechea y Alcorta.

Extractado por Alberto Tasso y publicado por primera vez en Quipu de Cultura.1991.

 

Pulverización, ineptitud y anarquía

 

Diríase que el alma santiagueña está pulverizada. Contrafigura ese antecedente cósmico que ya he discriminado en otra parte: la naturaleza atectónica que la acorrala, su naturaleza “sin paisaje”. Hay muchos indicios de esta pulverización: ese valor en sí (cerrado, áspero), y esa poquedad hacia fuera, que hacen la dualidad psicológica del santiagueño. Esa proclividad a todo diminutivo; al diminutivo verbal, y al diminutivo de empresas; etc. También en otros órdenes parece probarse ese desolador estado. El santiagueño es arquitectónico. He tratado ya de demostrarlo en otro lugar. Ello, su ineptitud para lo constructivo orgánico, en todos los órdenes de la vida. Aquí confluye su modalidad psíquica con la “voluntad” corroyente de su paisaje, que suelta desde el primer día sus calladas ratitas blancas de salitre a roerle sus obras. Vive de ese modo, eternamente, en plena atmósfera de fracaso. Se siente en vida revirtiendo al polvo del principio. En orden más comprometido: esa es su evidente ineptitud esencial para el gobierno. Como se trata de una ineptitud omnípoda, o sea para el gobierno público y para el gobierno de sí, su sustancia anárquica es negativa y pasiva, y no llega a trascender a “anarquismo”. Conviene comprender bien esta situación, su anarquicidad consiste tanto en la falla pasiva de no tener aptitud para gobernar como en la capacidad interior de ser gobernado.

 

Canal Feijóo, Bernardo, Nivel de historia, 1934. Págs. 71-72.

Extractado por Alberto Tasso y publicado por primera vez en Quipu de Cultura.1991.

 

 

 

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Plástica

Pioneros y actuales

Carlos Villavicencio (*)

 

 

Roberto Delgado, hijo del escultor Rafael Delgado Castro, Absalón Argañarás, Carlos Sánchez Gramajo, Alfredo Gogna, son los pioneros de una larga camada de pintores y escultores que siguieron sus lineamientos o se apartaron de los cánones clásicos.

 

 

 

 Los artistas plásticos santiagueños afianzan un panorama alentador.

 

  Las artes plásticas de Santiago del Estero nacieron, al decir de Clementina Rosa Quenel “en la época de montoneras y caudillos” y uno se acuerda inmediatamente de ese pintor y militar que fue Felipe Taboada, alternando su azarosa vida entre las batallas y desensillando su caballo, envainar la espada y tomar los pinceles en los momentos de paz y sosiego.

 

   Pero, ha pasado el tiempo y mucha agua ha corrido bajo el puente. Si se piensa en términos de décadas, se estima que la generación del 70, con mayoría de egresados de la entonces academia nacional de bellas artes del norte “Juan Yaparí”, se encontrará a Rafael Ingrata, Nelly Orieta, Chicha Correa, Olga Correa de Álvarez, Amelio Ortiz, Rosa Comán, Carlos Villavicencio, Adela Llugdar, Graciela Goñi, María Delia Pernigotti y otros. Es una lista larga (que teme no nombrar a algunos), que bebieron directamente de los pioneros, maestros, en su mayoría autodidactos, que iniciaron la enseñanza artística en la provincia. Ellos son Roberto Delgado, hijo del escultor Rafael Delgado Castro, Absalón Argañarás, Carlos Sánchez Gramajo, Alfredo Gogna.

 

   El protagonismo de la academia de bellas artes fue importante, sumado al museo de bellas artes “Ramón Gómez Cornet”. Fueron proverbiales en aquellos primeros artistas, el amor entrañable al terruño y todo lo que significaba -y significa- la enseñanza académica. También se sumarían otros profesores como Carlos Incarnato, Roberto González Mir, Juan Carlos García, egresados de Tucumán.

 

   Es precisamente en este ámbito o en el paso por la escuela, con la influencia de los maestros, que las primeras generaciones marcaron en forma indicativa pero relativa, la generación de artistas, pintores, escultores o grabadores que surgieron en Santiago.

 

   La generación de los 80 al 90, a pesar de que conserva algunos significados similares, la forma es distinta y empieza una ruptura de la forma tradicional, especialmente influida por el expresionismo y la abstracción geométrica o la abstracción que cultiva el maestro Alfredo Gogna. De la que surgieron Mario Martínez, Ricardo Touriño, Rafael Touriño Cantos, Luis Garay Estevenez, Alejandro Díaz, a los que se sumaron Ángel Emilio Garay y Rodolfo Soria. Y, por supuesto otros jóvenes artistas y nuevos egresados, unos cuarenta, que exponen y concursan.

 

   Con el auge de concursos y salones, se produce al arribar el nuevo siglo, una ruptura, ya que los artistas son atraídos por otras tendencias, como performances, instalaciones, arte conceptual, en detrimento quizás de las técnicas tradicionales tanto de la escultura como de la pintura. Así, un gran número nuevos de artistas que surgen en la década del 80 y 90, más otros que ya lo eran, se convierten para hacer obras con eclecticismo de formas, estiles y técnicas que están haciendo eclosión actualmente.

 

   Pareciera que ante una evidente crisis de la imagen en el arte, los artistas vuelven a un individualismo y estilo que no reconoce fronteras ni adhesiones duraderas. Hay nuevas expresiones nacidas en centros lejanos, ávidas de lo mediático y del afán de marketing de América del Norte y Europa.

 

   La búsqueda del estilo personal, original es difícil y parece agotarse. Sin duda será una pausa que seguramente anuncia un nuevo comienzo, ya sea figurativo o no figurativo. Mientras, coexisten en el tiempo y en Santiago.

 

   El tiempo dirá solamente que los artistas santiagueños quieren trascender su significado y su mensaje contemporáneo, acorde con los problemas de una provincia que todavía tiene mucho que ofrecer.

 

(*) Especial para

El punto y la coma.

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Ramón Gómez Cornet

Nació el 1 de Marzo de 1898. Fue una figura representativa del acervo plástico nacional. Su nombre cubre una etapa del arte argentino que obtuvo el reconocimiento unánime de la  crítica nacional.

Su vocación artística se despertó en la adolescencia y fue enviado a Córdoba donde comenzó su formación en la Academia de Bellas Artes. En 1917 realizó su primer viaje a España, Francia e Italia. Al regresar presentó sus primeras obras en Buenos Aires; Cezanne y Rendir lo habían impactado. En 1921 expuso en el salón Chandler de la calle Florida; en 1923 emprendió su segundo periplo europeo; en 1927 se presentó en el Salón Nacional y en La Plata; al año siguiente expuso sus retratos de niños y mujeres santiagueñas. Desde entonces sus muestras lo destacaron a la consideración de la crítica más exigente quizás porque su arte reflejaba en los rostros telúricos el drama de los hombres y niños de su tierra. Medalla de Plata del Salón de Paraná, Premio Estímulo en el Salón Nacional, Primer Premio de Pintura del XXVII Salón Nacional, Primer Premio en el Salón de Acuarelistas, Premio Arte Clásico Presidente de la Nación.

Realizó exposiciones en Nueva York,  Tucumán y Santiago del Estero. En esta última propició y logró la creación del Museo Provincial de Bellas Artes, que hoy lleva su nombre. Trasladado a Mendoza ocupó la cátedra de Pintura de la Universidad Nacional de Cuyo.

En 1949 obtuvo el Gran premio de Honor en el Salón Nacional; en 1950 el Premio Presidente Perón del Salón de Santa Fe.Se trasladó a Tucumán designado por su Universidad Nacional para dictar la cátedra de Dibujo; regresó a la Universidad de Cuyo desde donde retornó a Buenos Aires.

Proyectó y logró la creación de la Academia de Bellas Artes de Santiago del Estero.

El 9 de abril de 1964 falleció en Buenos Aires. Su nombre figura entre los plásticos más importantes del arte argentino.

 

José Armando Scrimini

Este artista plástico y poeta, nació en Añatuya. Con sus padres y hermanos se trasladaron a La Banda. Participó con su grupo “Lo nuestro”, que formó en Tucumán, en más de sesenta recitales, en casi todos los encuentros nacionales de poesía. Fue designado para dar la bienvenida en las nueve ediciones del Encuentro Latinoamericano de Poetas que anualmente se realiza en Las Termas. En 1979 llevaron poemas suyos a la Universidad de California, Estados Unidos. Es funcionario de Cultura de la Municipalidad de La Banda, desde 1991. Tiene, además, una larga trayectoria como artista plástico. Dibujante, pintor y poeta, Tiene mas de cien pinturas y quinientos poemas.

Estudió Bellas Artes y Arquitectura. Desde 1967 interviene en exposiciones, salones y concursos y obtiene importantes premios. Al principio, su obra pictórica se orienta hacia la geometrización simple, con influencia de Pablo Picasso y Paul Klee, actualmente es figurativa. El artista expresa: “Me interesó fundamentalmente el mensaje, el decirles con mis cuadros a los hombres lo que realmente quería decirles, esto es la obra de arte, cuando no se logra, todo ha sido inútil, porque si no nos trasciende nuestra obra, cuando muere nuestro cuerpo, morimos totalmente; no podemos existir siempre para estar a la par del cuadro explicando con palabras a la humanidad lo inexplicable.”

Obras: “El Payaso”, “El Hombre que lee”, “La Catedral de Vidrio”, “Mariposa de Sueño”, “Árbol Crepuscular”, “Esquina de Barrio”.

 

 

 

 

 

Literatura

PROFESIONALES O AMATEURS

Gastón Carabajal

Un breve repaso por la producción de los escritores santiagueños, llevará a la conclusión de que esta actividad está en plena ebullición en la provincia. Algunos han trascendido y trascienden las fronteras provinciales y nacionales, dando a conocer la realidad de una provincia siempre cambiante.

 

 

El problema con los escritores de provincia es que escriben como profesionales y cobran como amateurs, salvo que alguno pegue el golpe en algún concurso que ofrezca algo más que publicar la obra. Así, la mayoría se defiende con la cátedra, el periodismo u otros oficios. Entre los precursores habría que nombrar a Pablo Lascano, Ricardo Rojas, Orestes Di Lullo, Jorge Wáshington Ábalos, Clementina Rosa Quenel, Carlos Bernabé Gómez, Bernardo Canal Feijóo, María Adela Agudo, Dalmiro Coronel Lugones, Alfredo Gargaro, Francisco René Santucho, Horacio Germinal Rava, Octavio Corvalán, Domingo Bravo, Ricardo Dino Taralli, Marcos Figueroa, Petrona Carrizo de Gandulfo, José Nestor Achával, Durval Abdala, Carlos Manuel Fernández Loza, Alberto Alba, Pablo Raúl Trullenque, Carlos Carabajal.

 

 

 Balcón de la 9 de Julio.

 

 

   En estos días, Alfonso Nassif ha terminado una antología de los poetas del norte. Es una obra monumental que solamente él podía hacer, fundado en su fabulosa biblioteca, una memoria asombrosa y el conocimiento personal que tiene de muchos de los escritores de estas, las primeras ciudades de la Argentina. Él mismo es uno de los únicos grandes poetas que les va quedando a los santiagueños de la generación de 1969. No muy lejos de donde Nassif se desvela desechando poemas, vive Alberto Tasso, bonaerense de Ameghino, que elabora una de las obras más originales de los santiagueños. Tasso es sociólogo, investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, historiador, dibujante, ilustrador, pintor, cuentista, poeta, ensayista. Al decir de Raúl Lima es un hombre del medioevo, por la calidad, profusión y diversidad de su obra. Cerca de Tasso, porque Santiago es chico y nos conocemos demasiado, su amigo Carlos Virgilio Zurita también es un cuentista formidable y uno de los poetas mayores de los que se enorgullece esta provincia algo más que cuatro veces y media centenaria. El mismo Lima, ha sido galardonado en cuanto concurso de cuentos se presentó, con una prosa que no tiene nada que envidiar a los grandes escritores de la Argentina. En estos momentos, dice, escribe una novela en los ratos libres que le deja su profesión de abogado como magistrado del foro judicial local. José Andrés Rivas es académico de las letras,  por ahora el único de Santiago, con ensayos sobre los escritores locales que han trascendido las fronteras de la provincia. Mientras, en su casa del barrio Autonomía, Julio Carreras, va destejiendo el tiempo en cuentos fantásticos y realistas, ensayando todos los tipos de prosa y verso posible. Julio fue uno de los creadores de la revista cultural “Quipu”, que marcó una época en tiempos -fines de la década del 80, principios de la del 90- en los que decir algo valioso en Santiago estaba penado con la indiferencia o, en el mejor de los casos, el olvido. Además ha escrito la historia del rock en Santiago y relató y relata en libros impresos y en la internet, alguna de sus historias como preso político de la última dictadura militar. Melcy Ocampo, aunque hace tiempo que no se la ve en los foros y cenáculos literarios, es una indiscutida referente santiagueña, con una poesía siempre original y auténtica.

 

   En una crónica escrita de memoria y sobre los escritores que aún se pasean por las calles de Santiago, es obligatorio mencionar también a Felipe Rojas, que ha recorrido todos los caminos de la poesía, desde la más culta a la de guaracha, pasando por la de vanguardia y las glosas para festivales folklóricos, que uno de estos días serán inscriptas como otro género literario. Jorge Rosenberg acostó su verso y lo hizo prosa. Más que poeta es conocido por las misceláneas que todos los domingos publica en el suplemento de cultura del Nuevo Diario y que reviven en los santiagueños viejos, la gloriosa década del 60 y principios del 70, su idioma y el aire que se respiraba en aquel tiempo. Para muchos, Rosenberg escribe para atrás. Lisandro Amarilla también escribe cuentos y novelas, algunas de las cuales se publicaron con gran éxito y en formato de folletín en el diario El Liberal.

 

   Vicente Oddo también hizo un aporte original a la historia y a la historia de la medicina de Santiago del Estero, basándose en escritos antiguos. Mario Angel Basualdo tiene una obra de geografía que no ha sido lo suficientemente reconocida hasta el momento. Entre los poetas, cabe destacar también como uno de los más originales a Sixto Palavecino, autor de una obra en quichua que trasciende el ámbito provincial y lo ha convertido a él mismo en un símbolo nacional de la supervivencia de lo local. El reconocido Luis Celestino Alén Lascano, académico de la historia, reclama un lugar propio en la historiografía local. Otros escritores vienen empujando por detrás, como Ricardo Aznárez, cuentista, Omar Alvarado, cuentista y ensayista, Fabrián Sánchez, sociólogo, cuentista y ensayista de fuste y Gustavo Fernán Carreras, Alejandro Auat, Rody Beltrán, Constanza Taboada, el mismo subsecretario de Cultura de la provincia, Rodolfo Legname, la quichuista Hilda Juárez de Paz, Ana Teresa Martínez, Teodoro Mansilla (Shu), Luis Taboada.

 

   Ese es el drama de las listas, que nunca son completas, siempre quedará algún nombre escondido detrás del teclado de la computadora. Esta que presentamos aquí, podría ser indicativa de que algo está pasando en la provincia, las letras se mueven, bailan al compás de una chacarera que, si Dios quiere, no tendrá nunca un final.

 

 

 

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Recursos

EL ENCANTADOR DE SERPIENTES

Fabián Sánchez

Teoría para convertir la queja en protesta, el desafío de Santiago del Estero.

 

 

   La contradicción que enfrentan los procesos de crecimiento económico y equilibrio ambiental, repercute indiscutiblemente en la base social, en las relaciones humanas y en los recursos naturales, cada vez más acechados por el frenesí del consumismo. ¿A dónde radica el equilibrio? ¿Hasta que punto el capital económico puede imponerse por sobre cualquier cuestión social?

 

   Es evidente que el implacable desarrollo económico permitió mejor calidad de vida a los pueblos, pero al mismo tiempo los empujó hacia esa contradicción que señalaba: es decir, mejor la producción, la explotación de los recursos, que la virginidad de una economía que sólo traería aparejado un paroxismo. Sin economía, sin procesos de acumulación, sin materia primas abundantes, no habría -según las prescripciones economistas- satisfacción de las necesidades humanas. Pero, eso no es tan así, pues los medios no siempre justifican los fines. Crecimiento económico con consecuencias contaminantes seguiría afianzando la contradicción inicial.

 

   En la historia de Santiago del Estero, mejor dicho en el nacimiento de la industrialización forestal, están documentados los hechos que evidenciaron el equivoco del crecimiento. Los montes santiagueños representaban un gran equilibrio ambiental, poblados de una fauna singular, explotado por lugareños en mínimas escalas. Sin embargo, la demanda de la madera desde la Pampa Húmeda y la cómplice penetración del ferrocarril, rompió la tranquilidad del monte iniciando así una devastación sin control político y sin demasiada resistencia social, pues quienes venían a expoliar el bosque traían la promesa del trabajo y el perjuro del progreso.

 

   ¿Cómo quedaron pueblos como Monte Quemado? ¿Departamentos como Alberdi,

 

Copo? Son símbolos del saqueo, de la irracional industrialización foránea que despedazó recursos genuinos de nuestra geografía provincial. ¿Quiénes protestaron por estas atrocidades ambientales? ¿El Estado?, ¿la sociedad civil? Estos procesos de desmonte siguieron durante décadas y durante décadas también se los silenció. Un deshuese ambiental visto por muchos y resistido por pocos.

 

   Durante el “Reinado del Silencio” conocido con el nombre moderno de juarismo, el valor que se le atribuía al monte era el mismo que se le atribuía a los sujetos opositores al régimen. El modelo político del caudillismo funcionaba a base de lealtades y los punteros políticos del interior lo eran. Esa pertenencia y obsecuencia les dio la autoridad y el poder en sus distritos para hacer del monte una economía ligera, familiar y esencialmente política.

 

   Como lo señala Alberto Tasso, Juárez hacía magia en la cultura santiagueña: ante el público estupefacto y emocionado extraía de su galera puestos de trabajo, viviendas, agua, diplomas de cadetes de la Escuela de Policía y hectáreas de bosque. Para decirlo claramente, el bosque santiagueño nunca fue considerado una necesidad ecológica, sino parte de un botín político

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   Este sistema perverso de “entregas” es a mi entender lo que paralizó la conciencia social, a la gente, al pueblo. La idea de que “no se podía hacer nada” se instaló en cada rincón de la sociedad. El sentimiento del fatalismo se hizo carne en cada uno de nosotros. Durante el juarismo, el sistema político montado desde el poder configuró una cultura del sujeto manso, del santiagueño buenito...

 

 

 Campesino del departamento Jiménez, sujeto a la cultura del santiagueño buenito.

 

 

   A partir de este desordenado punteo histórico, formulo la siguiente hipótesis: ¿Qué pasa hoy con los santiagueños? Dejamos de decir nada del monte porque quedó muy poco por decir. Pero también hemos renunciado a preguntar, a pedir una explicación por tanta desaparición. ¿Acaso esta sociedad está dispuesta a cambiar? Y si fuera así ¿qué cosas quisiéramos cambiar?

 

   Si a muchos les preguntáramos que cosas cambiaría, estoy seguro dirían las prácticas políticas o la educación, o los hospitales, las universidades. Y las quejas seguirían llenando estos márgenes. Eso es justamente una de las preocupaciones de este artículo: caído el “Régimen del Silencio” no hemos podido como sociedad convertir la queja en una acción concreta, capaz de colectivizar lo social, lo popular. La queja es adaptación activa a la realidad, es negar la posibilidad de cambio, es simplemente aferrarse al disgusto, no al anhelo de transformar algo.

 

   Este pueblo ha dejado atrás al “encantador de serpientes” y a los apalabradores de conciencia. Los santiagueños ya no caminan custodiados por espíritus fantasmagóricos que los perseguían hasta el baño. Por ello considero oportuno remarcar que existen condiciones sociales para saltar de la queja pasiva a la protesta. Entiendo la protesta como un proceso de organización social, como necesidad de juntarse con otros para un fin social.

 

   Y tal vez resulte ofensivo, pero no observo que la sociedad santiagueña se organice para la protesta, por ejemplo, en contra de la contaminación del Lago de las Termas. ¿Por qué no llevamos el Festival de la Chacarera y el de la Salamanca al Lago como escenarios? ¿Por qué no amanecer en familia escuchando nuestras tradiciones y protestando al mismo tiempo por la contaminación? Dejemos de cantarle tantas metáforas al río y hagamos algo por él, que no nos pase lo mismo que la deforestación del bosque, porque las generaciones que vendrán solo tendrán añoranzas de lo que no supimos solucionar como sociedad. Hoy la contaminación de nuestras aguas debe servir de elemento organizador de este pueblo, nos permite superar la queja instalada, naturalizada en nuestra cultura. Es erróneo suponer que este problema ambiental es sólo una cuestión de Estados. Es una cuestión de vidas, de continuidad de los recursos que aún

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